ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

19/11/17

Fructificar nuestros dones y talentos en el servicio del Reino


“Señor, dos talentos me dejaste;
mira, he ganado otros dos”
(Mt 25, 14-30)

Dios Padre Bueno y Misericordioso, te damos Gracias
porque Tú no regalas abundantes dones cada día,
para ponerlos en común y compartirlos con todos.
Tú nos enseñas que sólo los dones que se comparten
son los que crecen y los que se multiplican,
y nos recuerdas hoy que Tú nos los entregas gratis
para ponerlos al servicio de todos y para el bien común.
Ten Misericordia de cada uno de nosotros, Dios Bueno,
y ayúdanos a ser fieles a tu Amor y a tu Evangelio,
entregando siempre gratis lo que hemos recibido gratis,
para servirte siempre a Ti y a cada hermano nuestro,
con cada uno de los buenos talentos y de las cualidades
que Tú nos regalas a lo largo de toda nuestra vida.
Ayúdanos, Dios Bueno, a ser generosos con todos
para servir siempre a cada persona que nos necesite,
y ayúdanos también a ser siempre misericordiosos
enseñando al que no sabe, para así, poder ayudar 
a multiplicar las capacidades de cada persona,
y lograr construir entre todos un mundo mejor,
y colaborando con los demás para mejorar
todos nuestros ambiente y nuestra sociedad.
Ten Misericordia de nosotros y no nos dejes caer
en la pasividad ni en el desánimo provocados
por nuestras inseguridades, miedos o temores.
No permitas que nada ni nadie nos separe de Ti,
ni nos dejes jamás ser vencido por la desesperanza.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro y Todo Bondad,
porque tu Amor y tu Misericordia nos unen a Ti,
y Tú nos capacitas cada día para enviarnos a la Misión
y a comunicar tu Buena Noticia a todo el mundo.
Amén.


18/11/17

La respiración del alma


“Cuando venga el Hijo del hombre, 
¿encontrara esta fe en la tierra? 
(Lc 18,8).
Jesús nos enseña que hay que orar con confianza y perseverancia, con la seguridad de que Dios escucha siempre nuestras súplicas. Señor, Tú siempre te mueves impulsado por la misericordia y defiendes siempre a los débiles.
La oración es seguridad en el amor providente del Padre.
Incluso cuando pedimos a Dios imposibles se nos concede el don de escucharnos a nosotros mismos y cambiar de actitud.
Si lo que Dios quiere es nuestra felicidad, inspira todo aquello que nos ayudará a conseguirla. Para Dios no hay buenas o malas peticiones.

- Señor, danos el pan de cada día y perdona nuestras ofensas.

La oración es para mí, Señor, 
la respiración del alma, 
me permite vivir el Evangelio con alegría 
y construir un mundo más fraterno.

Subo a la montaña para orar, buscando los destellos de tu rostro; me pongo en tu presencia y la nube me ilumina, la nube que me envuelve y me penetra, transparencia de tu gloria, sacramento, y guardo tu rostro y tu palabra.
Tu rostro buscaré, Señor; orando en el templo, buscaré; escuchando tu silencio, buscaré; y buscando siento que me miras, y entraño la mirada de tu rostro.
Tu rostro buscaré, Señor; bajaré hasta la choza y la chabola, para orar, para estar con los excluidos, inmigrantes de color, receptores de todos los rechazos y rostros humillados, suplicantes, en el fondo, como el tuyo.
El cielo se abre en su presencia y yo me siento como un reo, porque no hay lugar en nuestras casas.
Tu rostro buscaré, Señor, me acerco al hospital en oración, buscando tu rostro en los enfermos, rostros doloridos, tu rostro ensangrentado, son un cielo abierto, y los beso, y te beso.
Tu rostro buscaré, Señor, en oración, hasta en la cárcel, rostros odiosos, son tu rostro en el infierno, por la desesperanza y la tristeza, y los quiero, porque tu misericordia les devuelve la esperanza.
Tu rostro buscaré, Señor, orando en los ríos humanos de la ciudad, en las colas del autobús o en el metro, en los estadios y grandes almacenes, en los templos, rostros desdibujados, impacientes, tu rostro anónimo todavía, y yo los voy llamando por su nombre.
No me escondas tu rostro, Señor, porque se hace de noche, quiero entrañar tu rostro deseado con todos sus destellos, tu rostro, icono del Padre, la más brillante Teofanía.
Tu rostro me descubre que Dios está enfermo, muy enfermo, de amor.



Dedicación de las basílicas de los santos Pedro y Pablo, apóstoles

Después de su martirio, el cuerpo de Pedro, el «buen pastor», fue sepultado en el Vaticano y el de Pablo, el «maestro de vida», en el camino de Ostia. 
En el siglo IV, Constantino erigió las correspondientes basílicas en el Vaticano (350) y en la Vía Ostiense (390). 
«Los méritos y las virtudes, que superan toda ponderación, de estos dos hombres, no los hemos de considerar disociados: la elección los unió, el trabajo los hizo parecidos, la muerte los igualó» (San León el Grande, Sermón 82).,


17/11/17

Que no se apague el candil de mi fe.



“Así será también en los días 
del Hijo del hombre” 
(Lc 17,26).

El cristiano es una persona que vive el instante.
En ningún momento podemos sentirnos dueños del tiempo.
El tiempo es de Dios y nuestra responsabilidad es usarlo de manera adecuada.
Hoy Jesús nos recuerda que las responsabilidades, las preocupaciones y los problemas no pueden hacernos perder de vista lo realmente importante: nuestra relación con Dios.
Es la mejor manera de estar preparados.
- Señor, que vea.

Los creyentes debemos continuar viviendo todas las exigencias de la conversión, aunque no parezca que la venida del Señor esté próxima.
Ten cuidado de que tus preocupaciones cotidianas no sustituyan tu espera activa y personal del regreso de Jesús.

Mantén mi corazón despierto. 
Que no se apague el candil de mi fe. 
Que mi puerta esté siempre abierta, y mis manos solidarias.  

Hoy celebramos a Santa Isabel de Hungría, religiosa (M)

Hija del rey de Hungría, Isabel (1207-1231) se casó a los catorce años con el duque Luis de Turingia, y tuvieron tres hijos.
Cuando enviudó, a los veinte años, se dedicó al servicio de los pobres y enfermos. En Marburgo, fundó un hospital para atenderlos mejor.
Vivió con intensidad la espiritualidad de Francisco de Asís:

 «En ella se han inspirado incluso personalidades políticas, que se han sentido impelidas a trabajar por la reconciliación entre los pueblos» (Benedicto XVI).

16/11/17

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!

“El Reino de Dios está dentro de vosotros” 
(Lc 17,21).

El Reino de Dios está entre nosotros.
En cada cristiano.
El Reino no es evaluable en términos humanos.
No se puede valorar su presencia por la asistencia a la iglesia ni por la falta de personas comprometidas.
El Reino de Dios sufre violencia en los cristianos y no cristianos perseguidos, en los parados y en las personas que sufren opresión.

- Señor, que tú seas lo más importante en mi vida.

Cada vez que respondemos confiadamente con nuestra vida al mensaje de Jesús, el Reino se hace también presente en nosotros por el Espíritu.
El Reino de Dios crece dentro de ti, cuando te ocupas de los demás.
De esta manera te pareces a Jesús que recorrió los caminos haciendo el bien.

Quiero vivir el momento presente acogiendo tu Reino,
anunciando tu Reino, esperando tu Reino.

¡Venga a nosotros tu Reino, Señor!  

15/11/17

«Gracias»


“Levántate, vete; tu fe te ha salvado” 
(Lc 17,19).

Jesús cura a diez leprosos que se acercan pidiéndole misericordia.
No sólo les devuelve la salud física sino una restauración en la vida social de su pueblo.
Sólo un extranjero tuvo fe para reconocer la bondad de Dios que actuaba en Jesús.
Regresa a su presencia para darle gracias.
Normalmente las personas agradecidas se han entrenado en cosas pequeñas: ceder el paso, sonreír al llegar al trabajo, dar las gracias cuando nos prestan algún servicio.
«Gracias» es una palabra muy simple pero muy difícil de pronunciar para algunos.
 Esta dinámica de gratitud se vive también en la vida espiritual.
Sentir a Dios siempre a nuestro lado es el mejor de los regalos.

- Señor, que sepa reconocerte a lo largo del día.

En el camino de mi vida me ofreces tu gracia salvadora.
Abre mi fe a la confianza.
Dame un corazón agradecido.    

"Gracias, Señor, por la aurora y por el nuevo día.
Gracias por el sol que nos calienta e ilumina.
Gracias por la luna que alivia oscuridades.
Gracias por el viento, los árboles, los animales...

Gracias por la casa que nos acoge y protege.
Gracias por las sábanas, las toallas y los pañuelos.
Gracias por poder vestir cada día ropa limpia.
Gracias por el agua que brota en cada grifo.
Gracias por los alimentos de la despensa y la nevera.
¡Cuántas cosas tenemos, Señor, y a veces no somos conscientes!

Y sobre todo, Señor, gracias por tu amistad, tu perdón y tu compañía.
Gracias por el cariño de los amigos y la familia.
Gracias por las personas que hoy me ayudarán a sonreír y a seguir adelante.
Gracias por las personas a las que hoy podré amar y servir.

Gracias ...


Hoy celebramos a San Alberto Magno, obispo y doctor de la Iglesia

Alberto (1200-1280), aunque fue durante arios provincial de los dominicos y obispo de Ratisbona, tenía como verdadera vocación el estudio, la investigación y la enseñanza. 
Pocos como él llegaron a una síntesis tan admirable entre la filosofía aristotélica y la teología cristiana. 
Así preparó el camino a Tomás de Aquino, discípulo suyo en Colonia.

14/11/17

Servicio y humildad


“Somos unos pobres siervos, 
hemos hecho lo que teníamos que hacer” 
(Lc 17,10).

Jesús nos dice en esta parábola que los dones de Dios al siervo fiel no son un derecho que se puede reivindicar, sino un don gratuito.
Ponte en verdad ante Dios y reconoce que todo lo que eres y tienes lo has recibido de su bondad.

La exhortación crucial de la parábola es clara: considerémonos unos siervos capacitados para el servicio, responsables y transparentes, ya que el engreimiento es inhumano, no es evangélico, y crea relaciones hostiles.
¿Cómo hacer de nuestras relaciones escenarios de cuidado y misericordia?
Digamos con fe: “gracias, Señor, por permitirme pertenecer a tu Reino; acrecienta mi humanidad, y humaniza mi fe”. 
El servicio va unido a la humildad, no busca el aplauso ni destacar.
Cada día estamos llamados a hacer de nuestra vida un lavatorio de 
los pies.
Dios te dice hoy: ven, siéntate a la mesa y te iré sirviendo.

Jesús, traigo ante Ti todas mis cualidades.
Son un regalo tuyo.
Que no las guarde para mí sino que las ofrezca gratuitamente a los hermanos.  

Un buen día para mirar a la Virgen María, y aprender de ella a estar siempre cerca de Jesús, compartiendo vida con Él, pero siempre en segundo plano. 

13/11/17

Aumenta mi fe


“Si tu hermano te ofende siete veces en un día, y siete veces vuelve a decirte. 
‘Lo siento’, lo perdonarás” 
(Lc 17,4).  

La comunidad cristiana aparece como una comunidad de pecadores que experimentan la proximidad y la acogida de Dios en el perdón fraterno. 
Jesús te anima a perdonar sin límites al hermano, el perdón dado y recibido pacifica el corazón y despierta tu capacidad de amar. 

Señor, perdona mi falta de sensibilidad con los hermanos.
Dame sabiduría y fuerza para hacer y decir lo que más ayude a los hermanos.

 - Señor, perdona nuestras ofensas.

Aumenta mi fe, Señor, 
fortalece mi confianza en Ti,  
que mi vida se arraigue en tu Palabra de Vida.  

Señor, no nos dejes caer en el "ojo por ojo" o en el "diente por diente";
no permitas que me deje llevar por la rabia o por los deseos de venganza.
Ayúdame a seguir amando a quién se equivoca, a quien me hace daño;
Dame sabiduría para convertir el dolor en compasión afectiva y efectiva.

Enséñame a rezar por las personas que me han herido con sus palabras y obras;
a corregir sin humillar, por amor, con delicadeza, buscando el bien del otro.

Dame amor para no criticar a la espalda, para corregir a la cara, a solas.
Si no me hace caso, que no me dé por vencido y busque la ayuda de otras personas y de la comunidad.
Y si, ni aún así, no se corrige, dame la paz del que hace todo lo posible para solucionar un problema.

Señor, dame amor para corregir a quién se equivoca
y mucha humildad para dejarme corregir cuando me equivoco yo.


Te he encontrado en muchos sitios, Señor.
He escuchado el latido de tu corazón en la tranquilidad perfecta de los campos,
en el sagrario de una catedral vacía,
en la unidad de mente y corazón de una asamblea de personas que te quieren.
Te he encontrado en el gozo, donde a menudo te busco.

En el dolor, te encuentro siempre,
pues el dolor es como el repique de la campana que me llama a rezar.
Señor, te he encontrado en la terrible magnitud del dolor de los demás.
Te he visto en la sublime aceptación y en la inexplicable alegría de los que sufren.

En cambio, no he logrado encontrarte en mis pequeños males
en mis estúpidos disgustos, en contratiempos insignificantes.
En mi cansancio, he dejado pasar inútilmente tu amor, tu entrega y la vitalidad gozosa de tu pascua,
que queda sofocada por pensar en mí más que en Ti

Señor, yo creo. Pero aumenta mi fe.

Hoy 13 de noviembre, celebramos la fiesta de San Leandro,
el gran santo cartagenero, obispo de Sevilla en el siglo VI (patrón de la Diocesis de Huelva). Con su predicación y diligencia convirtió, contando con la ayuda de su rey Recaredo, a los visigodos de la herejía arriana a la fe católica.  
A san Leandro le debemos lo que es España: una unidad,  un proyecto común que nos une. 
La unidad es un bien a preservar;  un bien moral que respeta e integra la diversidad, nacido en el Concilo de Toledo que él convocó y presidió. 

«Confía en tu Señor que es Cristo. 
Mantente firme en la fe. 
Ya conoces la dulzura de la caridad y el gozo de la unidad. 
Predica solo la unión de las naciones. 
Desea la unidad de los pueblos. 
Siembra la única semilla que es la de la paz y de la unidad» 
(Homilía en el Concilio).