ATARDECER

ATARDECER
Remar mar adentro

17/9/17

Perdonar


“Os doy el mandato nuevo;
que os améis unos a otros, 
como yo os he amado”

“Cuando las víctimas vencen la comprensible tentación de la venganza, se convierten en los protagonistas más creíbles de los procesos de construcción de la paz”
(Palabras del Papa Francisco en Colombia).    

La única condición puesta para que permanezcamos en el amor que es Dios, es amar a los hermanos como Dios nos ama, como Dios los ama.

Dios Padre Bueno y Misericordioso,
te damos gracias por el don de la comunidad
y porque Tú nos ofreces cada día
hermanos con los que compartir nuestra fe,
para que crezca, se fortalezca, y madure
junto a fe de otros muchos hermanos nuestros.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro,
porque Tú eres el centro de nuestras comunidades
y porque Tú nos hablas al corazón a través de los gestos,
acciones y palabras de nuestros hermanos de comunidad.
Gracias, Padre Bueno, porque podemos escucharte
y encontrarte en nuestras oraciones comunitarias
y en la vida diaria de nuestra Parroquia.
Te damos Gracias, Dios Padre nuestro,
por el don de la fraternidad que Tú nos regalas
y porque la Misericordia que Tú nos entregas cada día
nos enseña y nos ayuda a perdonar a nuestros hermanos.
Tú, que eres Padre Bueno y nos amas a todos,
concédenos cada día la capacidad de diálogo
y el don de tener siempre una palabra acertada y oportuna
para cada uno de nuestros hermanos con los que convivimos.
Dios Padre nuestro, ten Misericordia de nosotros,
y ayúdanos a acoger siempre con cariño a cada hermano,
con generosidad y sin caer en la tentación de juzgarlos,
para que tu Amor pueda llegar al corazón de cada persona. 
Amén

16/9/17

Dar frutos


“Cada árbol se conoce por sus frutos” 
(Lc 6,44)

Cada día nos acercamos al Evangelio, escuchamos la voz del Señor, rezamos... 
Pero con esto no basta. 
El que escucha la palabra de Jesús y nos las pone en práctica se parece a uno que edifico su caso sobre tierra.

Las obras son las que mejor hablan de lo que cada uno lleva en el corazón. 
Las obras son las que mejor hablan de Dios. 
Ofrece gratuitamente a todos los frutos que Dios hace nacer en tu tierra. 
Si riegas mi vida con tu amor, mi vida florecerá.

Si pongo tus frutos en una mesa común, en una eucaristía, sé que se alegrará tu corazón.



¿Qué será de la palabra sin los gestos
que la encarnan, y la enhuesan, y la ensangran,
y al mostrarla viva en un espacio tiempo,
la confirman, verifican y consagran?

¿Qué será de mi cantar si no atestigua
lo que lucha por gestarse en mi sustancia?
Algo injusto, que promete y no realiza.
Algo absurdo, o infantil, o hasta canalla,

¡Dios de gestos (de Belén hasta la Pascua),
Dios-Palabra que pronuncias lo que actúas,
Esplendor de la verdad, Palabra actuante,
que resuenas y convences y aseguras.

Cohesióname en un cruce de coherencias,
reconcilia mi vida descoyuntada,
balbucea en mí un idioma
hecho de gestos...
Repronuncia en mis gestos tu Palabra!

La palabra, si es semilla de los gestos,
germinando corrobora su nobleza.
Si es palabra que es fiel nombre de los hechos
esos hechos la reafirman y resiembran.

Sólo el gesto hace creíble nuestro anuncio.
La verdad solo es verdad en cuerpo y alma.
Y si el sólo hablar nunca es buena noticia,
nuestro actuar, en cambio, puede ser proclama.

Oh Dios, Cristo es tu Verbo y es tu Gesto,
y su gesta dice y hace «Vida» y «Gracia».
Nuestra historia es el lugar de tu coherencia:
Verdad que a la vez es hecha y pronunciada.

Lo que haces es igual a lo que dices.
Lo que dices, al decirlo, queda hecho.
En tu Espíritu es posible la coherencia,
de gestos palabras y palabras gestos.

¡Pobrecita la palabra sin el gesto!
¡Qué desnuda, estéril y debilitada!
Algo es hueco, irresponsable y deshonesto,
si mi gesto no acompaña a mi palabra.

Es preciso hablar sólo lo necesario.
Decir sólo lo que sangra en mi latido.
Necesito más y más ser de una pieza.
Siempre ser -intentar ser- uno y el mismo.

Me conmueve el dolor de los caídos
pero sé que con mi canto no me alcanza;
necesito inclinarme con mi vida...
-silente poesía de hombros y de espalda.

Pero ya que nos regalas el milagro
de cantar, comunicándonos las almas,
que el servir le dé coherencia a estas canciones
que el amar le dé coherencia a estas palabras.


Eduardo Meana

15/9/17

Fidelidad y entereza de María al pie de la cruz.


"Ahí tienes a tu madre" 
(Jn 19,27)

María ha sido fiel a Jesús hasta el final.
María estaba al pie de la cruz, junto a su hijo.
María se mantuvo a distancia cuando Jesús “triunfaba”, cuando querían hacerle rey, cuando lo aclamaban...
Pero ahora, en la cruz, María está cerca, muy cerca.

Ha dicho sí cuando todo sonría y ha dicho sí cuando todo era oscuridad.
Su sí ha abierto en el mundo caminos de fecundidad y de esperanza.
Cada vez que dices sí a Jesús, también en las dificultades, se ensancha el espacio de tu tienda y Dios te da nuevos hermanos y hermanas a tu cargo, para que los cuides.

“Mujer, ahí tienes a tu hijo... Hijo, ahí tienes a tu madre”.
Jesús está preocupado por sus discípulos y cuando ya les ha dado todo, les da a su madre, para que los cuide, para que aliente su fe.
María acogió la nueva misión y en su corazón resonaron aquellas palabras primeras: “hágase en mí según tu palabra”

María junto a la Cruz.
La Madre sosteniendo al Hijo con su mirada y su corazón.
Discípulos aprendiendo del Maestro a amar hasta el extremo.
Con Jesús, junto a los que sufren, acompañando y sosteniendo su dolor y traspasándolo del amor y de la luz de la Cruz de Cristo.
El dolor de la Virgen fue profundo pero nunca se derramó en el pozo abismal de su esperanza.
Todos podemos calmar nuestra sed en ella.
Siempre que hay un hijo que atraviesa una pasión, allí está la Madre...

«La mujer que en las bodas de Caná de Galilea había cooperado con su fe a la manifestación de las maravillas de Dios en el mundo, en el Calvario mantiene encendida la llama de la fe en la resurrección de su Hijo, y la comunica con afecto materno a los demás. María se convierte así en fuente de esperanza y de verdadera alegría» (Papa Francisco).

Señor, que sea tu presencia amorosa para los que sufren.

Cuando miro mi corazón veo tu luz, María.
Cuando miro mi corazón, me encuentro con muchos nombres.
Gracias por tanta fecundidad, Señor.
Gracias, María, por ser madre, nuestra madre, mi madre
Gracias, María, por tu ejemplo de fidelidad y entereza
Gracias por estar siempre a mi lado, sobre todo cuando sufro
Gracias, Jesús, por compartir con nosotros hasta a tu madre
María, enséñanos a estar cerca de los que sufren
Danos fuerza, Señor, para acompañarte siempre

Madre:
Haz fuertes a nuestras madres.
Haz fuertes a tantas madres que también han perdido a sus hijos.
Haz fuertes a tantas madres que tienen que sacar adelante a sus hijos.
Haz fuertes a tantas madres que cada día dejan su vida hecha jirones buscando el pan de sus hijos.
Haz fuertes a tantas madres que también hoy “están de pie” junto a la cruz de sus hijos.


Señor Jesús,
aquí nos tienes reunidos al pie de la Cruz,
con tu Madre y el discípulo amado.

Te pedimos perdón por nuestros pecados

que son la causa de tus sufrimientos de ayer y hoy.

Te damos gracias por haber pensado en nosotros

en aquella hora de salvación
y habernos dado a María por Madre.

Virgen Santa, acógenos bajo tu protección

y haznos cercanos a tus hijos que sufren.

San Juan, alcánzanos la gracia

de acoger como tú a María en nuestra vida
y para seguir a Jesús con ella y como ella. Amén.

14/9/17

En la cruz está la vida y el consuelo



"Tanto amó Dios al mundo 
que entregó a su Hijo único" 
(Jn 3,16)

En la cruz renace siempre nuestra esperanza. 
Es una esperanza diferente de las del mundo, porque nace del amor de Jesús.

Los padres sirios llamaban a la cruz «escalera», recordando la escala de Jacob por la que subían y bajaban ángeles. 
La cruz nos recuerda la humildad que nos lleva a Dios. 
La vida cristiana va más allá de las palabras y los pensamientos grandilocuentes. 
Jesús nos quiere enraizados en la tierra en actitud de servicio y oración.

- «Señor, no soy autosuficiente, te necesito, Tú eres mi vida y mi salvación».

Dios es puro amor. 
Es una fuente de vida, un manantial inagotable. 
Jesús, en la cruz, es la fonte que mana y corre. 
La cruz de Jesús es la máxima expresión de amor. 
Ponte ante Jesús crucificado y mira detenidamente el amor. 
Pon tu corazón junto a la cruz de Jesús y bebe abundantemente de su amor.

Abro mis manos para acoger tu amor. 
Amo a mis hermanos para agradecer tu amor.


"En la cruz está la vida y el consuelo y ella sola es el camino para el cielo" Teresa de Jesús.

13/9/17

Dichosos


“Dichosos los pobres, 
porque vuestro es el Reino de Dios” 
(Lc 6,20)

A Dios se le va el corazón hacia los pobres. 
Se estremece por dentro cuando ve la debilidad. 
La pobreza compra los ojos de Dios. 
Si te encuentras con un pobre no mires hacia otro lado. 
Comparte con él lo que tienes, acoge el tesoro que él te ofrece. 
La dicha de mi pobreza es tu riqueza. 
La dicha de mi nada eres Tú. 
Mis ojos se alegran cuando veo que me miras.
Quiero ir siempre contigo, Señor. 
Dame tu mano y sostén mi debilidad.   


Señor, danos luz y fuerza para renunciar
a lo que nos separa de ti, de los hermanos, de la felicidad más grande
No permitas que acaparemos bienes,
porque provocaremos muchas injusticias!
No permitas que vivamos para consumir,
porque siempre tendremos más hambre!
No permitas que hagamos llorar a los demás,
porque hemos nacido para consolar!
No permitas que seamos duros y violentos,
porque llevaremos la guerra dentro y nos destruiremos!
No permitas que únicamente busquemos el placer,
porque jamás sabremos qué es amar!
No permitas que sólo busquemos el aplauso,
porque nunca nos sentiremos satisfechos!
No permitas que nos creamos autosuficientes,
porque nos encontraremos vacíos!
No permitas que demos culto al ego,
porque así nunca seremos queridos!

Señor, danos luz y fuerza para seguirte,
para seguir el camino de la bienaventuranza.
Ayúdanos a acogerte en nuestras vidas,
porque estaremos llenos de luz.
Ayúdanos a ponernos en tu manos
porque sólo así viviremos seguros.
Ayúdanos a optar por el servicio,
porque Tu nos sirves continuamente.
Ayúdanos a compartir nuestros bienes,
porque Tú nos dejarás que nos falte la harina y el aceite.
Ayúdanos a hacer sonreír a los que lloran,
porque Tú nos miras y nos muestras tu sonrisa.
Ayúdanos a ser no-violentos, profetas de la paz,
porque así construimos un mundo nuevo.
Ayúdanos a defender al perseguido,
porque Tú eres y serás defensor.
Ayúdanos a no vivir para nosotros mismos,
porque Tú entregaste la vida por todos.

12/9/17

Cristo nuestro modelo, nuestra fuerza y nuestra vida,



“Venían a oírlo a que los curara de sus enfermedades...
y gente trataba de tocarlo, 
porque salía de él una fuerza 
que los curaba a todos” 
(Lc 6, 18-19).  

Jesús ora toda la noche, y desde la fuerza de su oración llama a los discípulos, hace apóstoles y cura a todos los que se acercan a Él. Jesús te invita a orar. 
A acercarte a Él, a escucharle y tu fe le arrancará esa fuerza sanadora.  
Señor, tú llamas a todos a tu mesa, nos acercamos... 
¿Tenemos suficiente fe para que tu fuerza nos cure?  


Jesús: Tú eres siempre una sorpresa,
eres el amigo que se encuentra sin esperarlo
Y yo te he encontrado.
No esperaba conocerte tan de cerca.
Pero llegaste, como a la Samaritana,
y me has dicho: "Dame de beber".
Como a Zaqueo, elevaste los ojos
hasta el árbol en que estaba,
y me dijiste: "Baja,
que quiero hospedarme en tu casa".
Sabes que te necesito,
y llegas sin que te llame.
Permíteme acompañarte en el camino.
Tú me conoces y sabes lo que quiero,
lo mismo mis proyectos que mis debilidades.
No puedo ocultarte nada, Jesús.
Quisiera dejar de pensar en mí,
y dedicarte todo mi tiempo.
Quisiera entregarme por entero a ti.
Quisiera seguirte a donde quiera que vayas.
Pero ni esto me atrevo a decirte,
porque soy débil.
Esto lo sabes mejor que yo.
Sabes de qué barro estoy hecho,
tan frágil e inconstante.
Por eso mismo te necesito aún más,
para que tu me guíes sin cesar,
para que seas mi apoyo y mi descanso.
¡Gracias por tu amistad, Jesús!

Hoy recordamos el nombre de aquella que trajo al mundo el Salvador y que el pueblo cristiano siempre ha invocado con fe y devoción.

¡Madre de Dios y Madre mía María! 
Yo no soy digno de pronunciar tu nombre; pero tú que deseas y quieres mi salvación, me has de otorgar, aunque mi lengua no es pura, que pueda llamar en mi socorro tu santo y poderoso nombre, que es ayuda en la vida y salvación al morir. 
¡Dulce Madre, María! haz que tu nombre, de hoy en adelante, sea la respiración de mi vida. 
No tardes, Señora, en auxiliarme cada vez que te llame. 
Pues en cada tentación que me combata, y en cualquier necesidad que experimente, quiero llamarte sin cesar; 
¡María! Así espero hacerlo en la vida, y así, sobre todo, en la última hora, para alabar, siempre en el cielo tu nombre amado: “¡Oh clementísima, oh piadosa, oh dulce Virgen María!” 
¡Qué aliento, dulzura y confianza, qué ternura siento con sólo nombrarte y pensar en ti! 
Doy gracias a nuestro Señor y Dios, que nos ha dado para nuestro bien, este nombre tan dulce, tan amable y poderoso. 
Señora, no me contento con sólo pronunciar tu nombre; quiero que tu amor me recuerde que debo llamarte a cada instante; y que pueda exclamar con san Anselmo: 
“¡Oh nombre de la Madre de Dios, tú eres el amor mío!” 
Amada María y amado Jesús mío, que vivan siempre en mi corazón y en el de todos, vuestros nombres salvadores. 
Que se olvide mi mente de cualquier otro nombre, para acordarme sólo y siempre, de invocar vuestros nombres adorados. 
Jesús, Redentor mío, y Madre mía María, cuando llegue la hora de dejar esta vida, concédeme entonces la gracia de deciros: 
“Os amo, Jesús y María; Jesús y María, os doy el corazón y el alma mía”.

11/9/17

Cuidar la vida




“Levántate y ponte ahí en medio” (Lc 6,8)

Para Jesús la persona siempre ocupa el puesto principal. 
Ninguna circunstancia, enfermedad, condición, raza, religión, pueden anular este proyecto de Dios. 
Mira a los más pequeños, a los que menos cuentan, a los que están más orillados. 
Levántalos con tu respeto, con tu valoración profunda.

Tú, Señor, me sacas del anonimato. 
Me pones junto a ti. 
A tus ojos siempre valgo.


Señor, sabemos que la envidia perjudica a todos,
al que es envidiado y al que envidia;
pero, a veces nos cuesta mucho evitarla.

Envidiamos un puesto de trabajo, un coche, una casa,
un buen marido o una buena mujer,
el carisma, el físico, la inteligencia, la fama...
Nos parece que si no poseemos lo que envidiamos
no podemos triunfar ni ser felices del todo.

Haznos comprender los peligros de la envidia.
"De la envidia nacen el odio y la calumnia,
la alegría causada por el mal del prójimo
y la tristeza causada por su prosperidad”
La envidia nos arma unos contra otros
y debilita desde dentro a las familias,
a las comunidades y a toda la sociedad.

Danos luz y fuerza para superar la envidia,
para valorar nuestras posibilidades y capacidades;
para agradecer las personas que nos quieren,
los pequeños logros que alcanzamos en la vida,
las montañas y los ríos, los animales y las plantas,
las cosas que nos hacen más agradable la vida.

Danos luz y fuerza para superar la envidia,
para ver en cada persona a un hermano,
para no considerarlas competidoras ni enemigas;
para admirar, alegrarme y dar gracias de corazón
con los talentos y los éxitos de los demás,
para saber pedir con humildad lo que necesito
y compartir con generosidad lo que tengo. Amén.